Rozan como en las pasarelas estas ruedas que caminan. La noche densa y el perfume de neón entre la boca y los ojos y, una sola palabra escuece entre las pupilas, la que buscaba, la que guardaré mientras exista.
Cuando levanté la taza no sabía hasta donde querías llevar la conversación. ¿Qué extraño, no?
Mi alma fue inconsciente hasta que sonaste a tierna música y me dejé abrir de par en par, como si cada frase, como si cada entonación fuese de por vida. Ya no es carne esto que nos une.
Mira que te veía venir.
Es lo sublime de amar así: sin cambios en el bolsillo y sin plan alguno.
(Pídeme otro café o alguien pensará que me has hecho daño y por eso se ha secado mi garganta y me he echado a temblar como una cría)
Me va a acabar gustando esto de mirar a los ojos y, recibir dulzura a cambio.
Ya está he caído.
Parte de mis nalgas lo presintieron el cuerpo sin cosquilla alguna se rindió.
Temblaba la boca.
Sabía yo que me acabaría enganchando al bies para encontrarlo, sabía yo que me daría la vuelta sólo por abrazarte.
Hoy la mañana presta a la lluvia ha pringado nuestro antojo y, he vuelto a ser aquella que cerraba ojos y dejaba escapar una lágrima, sin plantear destinos.
Me va a acabar gustando esto de que separes el aire y recojas mi rostro entre tus manos y, mis pies se desprendan ardiendo del frío y duro suelo.
Nadie
sabe lo difíciles y absurdos que se vuelven los extremos. Levantas la
sabana y el vacío es lo mas humano que intentas hallar, la desconfianza
juega de tarde en tarde su baza estúpida y llegar a la asolada campiña
se torna un vergel.
(Oasis de la inmundicia ven a resguardarme)
Estaría
sucio pensar que fuimos un par de hijos de puta, total sólo jugamos a
desnudarnos en silencio y a probar a qué sabía el filo de la humedad. Lo
de después fue un cúmulo de apreciaciones que nunca tuvieron ni que ver
con nosotros: porque en ese momento fuimos un impar nosotros
¿recuerdas?
Te
dije que no comprases dulzura, te lo dije y así nació la pasarela de tu
mirada hasta la mía. Te dije: no abraces mi cuerpo. Pero desoíste,
hasta acabar de rodillas y asegurarme que pertenecías a mi como la piel
tras la que me escondía.
Y no, no hubo ya marcha atrás.
Malditos
dioses menores jugueteando a llenar de besos hasta las laminas del
suelo, malditas rozaduras sin marca, malditos y encantadores ayunos a tu
vera.
Voy a escanciar el vicio oscuro.
Se esconde en cada suspiro
la tensa cuerda que a ti me ata.
Se arrastran mis caderas
hacia la única parada conocida
y cae resbaladiza la mano
hundiéndose hasta sentir tu llamada.
Aunque yo no lo quiera
se dibuja mi cara en tu lejano techo
y cuando vuelvo la espalda
una manada de desbocadas ganas
dejas caer sobre mi
para sisar el sitio que te pertenece.
Que
par de imbéciles capados, ambos. Que inocentes al pensar que la paz era
nuestro camino. Arrástrame y dejaré de pensar que cubriste tus sueños
con una marejada que rolaba impenitente. A tu pureza aguardo como a una
ola extraña que limpie de huellas esta absurda playa en la que vivo.
Perdóname cielo, la boca me quedó reseca. No es buen vocero el limbo rasgado y escuecen las penas cuando se distrae el corazón.
Giras los tímpanos disimulando inocencias absurdas y se te plaga de babosas la tarde mas espléndida.
No preocupes a las ramas, batirán a duelo sino escuchan su caducidad. Olvidaste untarlas de aceite con dulzura y ahora sufren el inexistente otoño como quien mastica una plaga.
Te repites en mi canto, inexorable, mi dedo alargado de silencios a ti se cuelga.
Así muero cada vez que balanceas la estúpida pausa y se entona la palabra y arrebujo esperanzas mal doblabas por la gana y sobre el ausente cuarto, en cuclillas, rezo sobre la huella de prisa que dejaste.
No preocupes a las ramas, creo que al final no quedó árbol para cobijarnos.
Querer a otro sería una soberana locura. Mirarte es empezar
a taconear por bulerías y reventar entre descalzos sueños.
Sólo te quiero a ti. Desde que te besé aquella tarde, como
un juego, sin esperar a cambio quedar sin un oxigeno que jamás me ha devuelto la cordura.
Sólo te espero a ti. Cuando te vuelvas sellaré ya un
parasiempre con los pedacitos de espacios que no nos nazcan.
Sólo tú, de mi mirada, eres la perfecta sombra, de mi camino
el rumbo y de mi noche la vigilia.
Amarte así, como quien a cambio entrega la nada más
absoluta, esa es mi única dicha, mi Todo.
Puedes doblar este papel en cuanto imprimas, puedes
cruzar cada esquina y mermar cada boca, porque sólo eres tú y el resto un
decorado, porque sólo son tus manos y el resto un sinsentido, porque tú eres: y
yo, ya no sin tu mitad.
Porque te quiero.
Ahora me pedirás que te susurre y treparé a ese lugar donde la espalda y el cuello pierden su nombre.
Te tenía que haber destrozado la boca a besos, haberme
llevado, entre las uñas, el recado del último latido que susurrabas antes de
recostarme.
No deberías saber que te amo.
porque se vuelven incansables las cinturas
y las sudadas paredes
se alzan los refajos
en el desesperado arriete
del comienzo de un mordisco
aclaratorio sobre el cuello.
No recuerdo cuando estabas
y amamantaba glaciales cantinelas.
Espérame al costado de la duda
donde se abren las carnes sin ropa
y la punta de mi pecho
se hace una con tu labio.
Espera,
espera...
espera.
A los otros, a los pulcros llenos de fe y
desarraigados, les da por el mismísimo alma la premura carnal y, la
facilidad con las que nos arrancamos los brazos del cuerpo sólo por notar puro
y tierno amor.
No puedo explicar, con un puñado de palabras, este amplio periodo en el que he olvidado hasta la palabra impresa.
Imposible deciros todo lo que me ha sucedido. No he tenido más que la necesidad de acariciar cada momento como lo he hecho.
Ser Madre, Madre con mayúsculas, apurar cada minuto de cada día sólo para volver a tomarla entre mis brazos y sentir que ya no hay nada, nada más.
Vuelvo despacito a mi misma, como si jamás hubiese desaparecido.
Con el cuerpo aún entumecido de ternura.
"...Yo no sé si eres muerte o eres vida, si toco rosa en ti, si toco estrella, si llamo a Dios o a ti cuando te llamo..."
DAMASO ALONSO
-Estás triste, dijiste anoche, estás tan triste que no sé porque costado tomarte.-
Y se me escapó un crujido del alma.
Estoy triste, estoy tan triste que el corazón me rebota en los ojos...
No sé cómo explicarte que hace ya algún tiempo que escribo poesía ( o algo parecido ). Que me he dedicado a adogalar la mañana con sudores que me nacen de los dedos.
-¿Sabes qué moriré algún día?-, te pregunté sin mirarte a los ojos y con un aire teñido de bocajarro.
Te revolviste, tomaste mi rostro y con una sonrisa susurraste: -y yo cielo, y yo, pero ya no importa. Yo no pienso en ello, pienso en lo feliz que vivo, en los motivos que se deslizan cada vez que acaba el día y te encuentro junto a mí.-
No, no sabes que escribo poesía, no sabes que cierro los ojos y me traslado a otro mundo, plagado de otras caricias. No lo sabes porque quiero refugiarme en este secreto que también contiene una tierna parte mia que yo desconocía.
Hay palabras que te rumian el corazón sin darte cuenta y, se injertan al alma para luego no salir.
Palabras que forman esa misteriosa curva que se une a tu silencio en el desfiladero de mi flequillo. Esas pequeñas, impulsivas y agresivas que vocalizan, algún por qué, en la cadencia de tus brazos, esas que esquinita a esquinita voy domando.
No me enfadé, sólo cerré por un momento los parpados y mi alma se deshizo en migajitas extrañas. Formas que casaban a la perfección formando el puzzle estúpido que como una pegajosa tela, se me pegó a las pestañas.
Ahora que lo pienso no, no era enojo lo que me inundaba, era un gozne de la llave intentando planchar la manida ropa, alisando el paso del calendario para no dejarse ni un recuerdo.
No, no insistas. No hubo ira. Era un baile pegadito de valijas que exudaba por los ojos rezumando sólo prisas, por no desplantar las huellas y volverse roca a la que cualquier marea refresca.
Mañana cuando despiertes, mirarás a ambos lados. Se colará el desafío y no encontrarás ningún reproche.
Malditos sean mil pares de veces los minutos que te tuve y no te desarmé a mordiscos hasta el aire. Malditas las esperanzas que, aún, juguetean en el cielo de mi boca como si te lamiese el costado del cuello, allí mismo donde se te derrumbaba la sangre.
Se pasean las mariposas y aletean. Míralas.
Apartaría del camino los silencios y te prestaría mi atención sin pestañeo.
Pero es tan tarde, tanto y tanto.
Los ojos se me cierran.
Es la daga que metía entre los dientes, para camelarte, un cruel disfraz de caza que me despierta con ansia a medianoche.
Cuando se me muera el desaliento; tampoco lo reconoceré, cuando sea temprano y tú consideres a bien lo oportuno; no iré tampoco.
Mi casa esta a cinco milésimas de piel de la tuya, un simple dedo rozaría la absoluta paz pero los puentes han jugado a esconderse y a mi me ha vuelto a encontrar el sueño.
Si pudiese arremolinar la espera en puñaditos
no asesinaría al contraluz cada relente de sudor.
Entonces,
entonces respirar sería como un beso
y me partiría como una grácil flor a tu suave paso.
En cambio me refugio con las palmas a los hombros
cargando mi corazón a la espalda y
peinando caminos con la punta de las uñas.
Desnudos siempre fuimos dos iguales.
O eso me temí.
Hoy el brillo de tu mirada
sigue agolpándome la sangre contra el cielo de la boca
Para volverse roca no es necesario ni respirar, a veces sólo basta caerse de bruces contra una caricia y sentir que parece un golpe.
Es lo extraño de la noche que me sana estas ojeras. O lo de menos si echo en falta el bamboleo de tus sueños en mi izquierda. Vete lejos que desnudaré mis piernas y reventaré las ganas que me toquen de frente. Ve, ve lejos que en unas horas desnudaré mi escote altanero para la baba del fondo y no preguntes el por qué: porque no lo hay.
Es la resbalosa cara de calor o la mejilla sonrojada de las duda, o, el sentir, que aún late la mujer que nace dentro.
Quieto ve, vete más lejos. Aún me estoy encantando de conocer.
Maldita sea la exuberante espera, el contoneo, el baile desigual de la cadera, el estirado cuello, malditos, malditos sean, los silentes y afilados dedos.Maldita su oscura estampa, maldito el vergel del tiento que perfila cuartos crecientes al mas fresco y acuoso lienzo.
No pongo notas sobre el clavo, acabó su roma punta engarzada a un grácil golpe... que libó mi aliento.
No puede mi corazón turbarse más
que con la sucia bocanada de tu imagen,
a fin de cuentas, no se corrió el gesto
al distraer los ojos con el trasero anónimo.
Empuja violento que la pared parará mi golpe
toma los tobillos y seduce mi oído.
Estornuda inquieta la última caricia sobre el recuerdo,
se prende la sombra de tu espalda al húmedo vaivén,
y froto la gana, entrecortando el imaginario espacio
(PERDONÁDME LA TARDANZA, algún "gracioso" me robó todas las cuentas. Me ha costado recuperarlas pero aquí vuelvo, gracias por esperarme) Tres de la mañana.
La bestialidad con que azota la cara la palabra se me ha instalado bajo la lengua. Nada es comparable a irritarse de dulzura. El cielo de la boca se hace llaga sin tener a bien el escupitajo, la desazón y la escaramuza que puebla de ironía la conversación.
Tres de la mañana y la lengua no se muere, no vuela al precipicio ignoto de la garganta ni se retuerce de dolor sin encontrar sílaba que echarse a mis labios sabor lamento.
Malditos campos asentados de frases brotando cogeré una hoz oxidada entre ternura y silenciaré la noche.
Seis de la mañana, seis, susúrrame ahora sin tu voz se deseca como páramo olvidado mi torpe oído.
Algunos no tenemos tiempo para clases particulares, autodidactas con callos en las manos somos. No diferenciamos la ortografía de la palabra, ni la palabra de los corporeos gestos, porque las verdades, al oído y en susurro, no se acuerdan de esdrújulas, pero si suelen quedarse bastante atónitas.
Hoy quiero estar muy despierta, el insomnio place mis músculos y me tensa de placer sobre el filo de tu pelvis. El silencio es lo único necesario para plantar mis dedos deseosos sobre las muñecas de cualquier pared en la que te apoyes.
He roto la balanza de estos aires y esnifar gemidos sigue siendo mi droga preferida.
Ya no recuerdo el tobillo de la luna
cuando en mi oído te bañabas
y me paré en la humedad por si aparecías.
Por si me oías alcé un susurro
blanco y negro de rincones,
corrí entre caricias convulsas
sin moverme del sitio.
(Una pelusilla pícara de tu jersey
se pasea por el vaho de mi ventana)
No, no me cansaba de ver el gesto de tu boca
abrí los ojos y una lágrima se hartó de tu belleza
Yo, el mayor de los palpitantes suspiros, apenas amilané el paso al darte por respuesta la espalda. Olvidé que respirar se vocalizaba sólo a la vera de tu nombre. Jugué a no haberte exprimido con los brazos, jugué al nunca fuimos. Se desgarró la suela en ese instante y, convivir con la piel supurando por dentro, sólo hace que escupamos la desdicha que nos brota en la garganta.
Así te huí, desterré como si nada las caricias y me apropié de despropósitos; de cerrados ojos que tragaban mis palabras, como doctrinas absurdas, que nunca fabriqué, ni recuerdo haber vocalizado.
Me descaré y le esculpí a los reflejos lo que no era y ellos me devolvieron la credulidad de saberse elegidos e incluso hasta, a veces, amados. Desnudé las pantorrillas mas buscadas y arrodillé sus egocéntricos caldos para sentir el desafío de apretarlos en un puño, de arrugar sus cluecos espasmos y tirarlos al fondo de cualquier papelera.
Se deshoja la margarita y aún estas. Aún me sabe la mañana al penúltimo roce de tu carne y se me aja la sonrisa.
Por mas que rompa rieles de esos que inundan y alejan, aún estas. Y tu hoyuelo. Y tu pupila. Y lo que fuiste.
Vuelve aquí como el ralo invierno sublime de ponerse y quedo de temblar, con la huidiza boca como seca respuesta y el golpe de la piedra como única llama.
Vuelve aquí, de dónde nunca pasaste, sobre el trote de la cadera suelta sin mullir y el rincón escueto de la parábola muerta que aprieta los parpados cuando lo penetras.
O vete mañana y los vértigos apuesta y de espasmos cada gemido sin tregua roza como el paria acólito entregando la prenda,
pero, bájate la ropa y reza desnudo, vuelve o vete, o ven y marcha que de tu jalea impregnado tengo el pulso.